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«Si me detengo a analizar cuál fue mi sello pedagógico, podría afirmar que el haberme atrevido a amar»

17/10/2018

«Si me detengo a analizar cuál fue mi sello pedagógico, podría afirmar que el haberme atrevido a amar»

Luego de 30 años ejerciendo la docencia en el LMS, la Profesora recién retirada, Oriana Cid, le dedica las y los trabajadores de la Educación una reflexión  de su experiencia como pedagoga en las desafiantes y particulares aulas manuelsalinas.  «La pedagogía esencial debe construirse sobre bases amorosas en las que el rigor, la seriedad, el buen humor, el juego, la exigencia, la honradez, el respeto y la corrección son sus componentes fundamentales», dice.

Por Oriana Cid, ex Educadora del LMS. 

“…Cien veces la miraste, ninguna vez la viste…” (La maestra rural, Gabriela Mistral)

En el Día de la Profesora y del Profesor chileno 2018, y en especial de todas y todos los Trabajadores de la Educación del Liceo Experimental Manuel de Salas, ofrendo a quienes fueron mis excelsas maestras de la pedagogía en la Universidad de Chile, doña Julia Romeo Cardone y doña Elena Martínez Chacón, cuyas significativas concepciones de la educación fortalecieron mis anhelos profesionales y definieron las líneas más relevantes de mi ser y hacer docente. Asimismo, a las y los profesores que abren cada mañana las puertas de la escuela y las de sus propias y a veces silenciosas vidas, en lugares tan lejanos, lluviosos, secos, olvidados, empobrecidos, contaminados, exigidos o ignorados. También, a quienes les salta el corazón cada día frente a la precariedad de la urbe, la amenaza, el abandono, la violencia, la escasez y la dura realidad de sus estudiantes y sus familias.

En este 16 de octubre, comparto con la comunidad docente y con mis queridas amigas y amigos funcionarios, fieles e imprescindibles colaboradores, mi experiencia docente de 30 años en el Manuel de Salas. Este año me he acogido a retiro después de 40 años de labor pedagógica, teniendo el privilegio de haberlo hecho con total satisfacción y  convencimiento de que eso fue lo que siempre quise para mí.

Mi vínculo con el Liceo se inició en marzo de 1978, momento en que fui asignada al Establecimiento como profesora practicante del 7° Año Básico D.  Eran tiempos complejos en los que ningún paso dado estaba fuera del control de las autoridades. Sin embargo, recuerdo con nitidez el calor de la experiencia, la bulla increíble del casino cafetería, los panfletos que se hacían a escondidas en algún rincón y los Consejos de Profesores a los que asistíamos obligatoriamente (exigencia que valoro y considero necesaria para estas nuevas generaciones de profesores).

También recuerdo con total claridad cuánto lloré ese frío día viernes de julio, previo a las Vacaciones de Invierno, cuando me despedí del curso donde fui profesora practicante en Jefatura y Asignatura de Castellano por casi 5 meses (así se nos llamaba, nunca “alumna practicante”). Varias niñas y niños me acompañaron hasta la Plaza Ñuñoa y me entregaron un cuaderno pequeño con sus saludos y recuerdos. Yo regalé a alguien mi bufanda escocesa y unos dulces con forma de huevo  que estaban rellenos con una almendra. Pienso que en ese momento entendí, sentí, gocé y creí en lo que mis metodólogas –cada una en su estilo- denominaban “amor pedagógico”. Y ese fue el hilo que condujo mi trabajo.

No tengo ni la menor idea si los cientos de estudiantes con quienes compartí las salas de clases y otros espacios, aprendieron Castellano o Lenguaje. Tampoco sé si aquello me importó. Menos aún en los últimos 10 años, en los que el fácil acceso a la información  me alivió el tener que estar transfiriendo conceptos y definiciones que hasta yo consideré inútiles y errados. Si me detengo a analizar con mayor profundidad cuál fue, en realidad, mi sello pedagógico, me atrevería a afirmar que el haberme atrevido a amar a quienes, sin tener ninguna relación ni obligación conmigo, se instalaron en mi vida y me prepararon para ser mamá y asumir con entereza, criterio y relativo equilibrio, todas las estaciones que tiene el año; todas las tormentas, arcoiris, lluvias, calores, brotes y caídas, fríos y tibiezas. Y a ese regalo no puedo ponerle ningún precio. Solo quisiera tener el poder necesario para decirles a todas y a todos mis estudiantes, que agradezco para siempre el haberles conocido y haber tejido juntos un par de hebras en el proceso de crear el texto de la vida escolar.

Después de un periplo de 9 años, volví al Manuel de Salas en 1988. No puedo describir con palabras la emoción de llegar otra vez a Brown Norte 105. Todavía puedo sentir esa tibieza mezclada con vacío cuando rememoro la primera semana de clases como profesora de Castellano en tan emblemático colegio. Trabajar con esas y esos estudiantes, especialmente de III° y IV° Medio, fue un desafío monumental, porque no solo eran adolescentes y jóvenes muy preparados académicamente, sino también social y políticamente activos y comprometidos con su formación y sus perspectivas profesionales; conscientes de sus fortalezas y debilidades; autónomos. Y entre esas excelentes personas, destaco a las hijas e hijos de mis compañeras y compañeros de trabajo. Todas y todos fueron para mí significativos, en todo sentido. Con varias y varios comparto secretos  que ya se me olvidaron, y cada uno de sus logros posteriores fueron motivo de satisfacción. 

Sería demasiado extenso referirse a las experiencias de aprendizaje que fui atesorando durante 30 años en mi querido Liceo. Por lo demás, ninguna descripción podría dar cuenta acabada de lo vivido en las salas de clases, en los patios, en el Aula Magna, en El Tabo, en el parque, en la calle, en las Giras de Estudio. No hay registro visual ni auditivo. No hay informes ni actas ni videos. No hay testigos indirectos ni leyendas. Solo existe la memoria del corazón y con eso basta. La vida me ofreció la oportunidad de ocupar un espacio común con quienes no eran mis hijas ni mis hijos, aprender de y con ellas y ellos, y yo la tomé, la cuidé y la transformé en una razón para afirmar que la pedagogía esencial debe construirse sobre bases amorosas en las que el rigor, la seriedad, el buen humor, el juego, la exigencia, la honradez, el respeto y la corrección son sus componentes fundamentales. Lo que opine, afirme, imagine, transmita, invente, suponga o crea quien o quienes están fuera de la experiencia pedagógica, da igual. Aquellas y aquellos miran, pero no ven.


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