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[Columna rectora Mizala] ¿Qué conocimiento necesita Chile?

11/08/2026

Invitamos a la Comunidad Liceana a revisar la columna de opinión de la a rectora de la Universidad de Chile, Alejandra Mizala Salces,  publicada hoy martes 11 de agosto por El País.com.

Bajo el análisis de los vertiginosos cambios tecnológicos y el auge de la inteligencia artificial, la publicación examina la urgencia de integrar las ciencias sociales, las artes, las humanidades y la comunicación en la definición de las áreas prioritarias para la política científica nacional.

Vivimos una paradoja. Nunca habíamos dispuesto de tecnologías con una capacidad tan extraordinaria para procesar información, producir contenidos y automatizar tareas. Y, sin embargo, nunca había sido tan evidente que los principales desafíos que esas tecnologías nos plantean no son solamente tecnológicos.

La inteligencia artificial puede procesar en segundos volúmenes de información imposibles de abordar para una persona. Puede escribir, traducir, programar, generar imágenes, formular hipótesis y encontrar patrones en enormes bases de datos. Sus capacidades seguirán creciendo. Pero las preguntas más difíciles que plantea su desarrollo son de otra naturaleza: ¿Qué decisiones estamos dispuestos a delegar en una máquina? ¿Cómo evitamos reproducir y amplificar desigualdades y sesgos? ¿Qué significa aprender cuando una herramienta puede producir un ensayo en segundos? ¿Cómo distinguimos información de conocimiento? ¿Cómo protegemos la democracia cuando resulta cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso?

Ninguna de estas preguntas puede responderse solo con más tecnología. Necesitamos, por supuesto, más personas formadas en ciencias, ingeniería, matemáticas y computación. Chile debe fortalecer decididamente esas capacidades. Pero precisamente porque la inteligencia artificial está transformando nuestras economías y nuestras vidas, necesitamos también fortalecer disciplinas como la economía, la sociología, la historia, la filosofía, la antropología, la lingüística, las artes, la comunicación y los estudios culturales. La razón es sencilla: la tecnología puede ampliar extraordinariamente aquello que somos capaces de hacer, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena hacer.

Las ciencias sociales y las humanidades estudian justamente aquello que la tecnología está transformando: las personas, sus relaciones, sus instituciones, sus culturas y sus formas de comprender el mundo. Nos permiten investigar cómo las innovaciones modifican el empleo y la distribución del ingreso; por qué sus beneficios llegan antes a algunos grupos que a otros; cómo afectan la educación y los aprendizajes; qué consecuencias tienen para la privacidad, la confianza y la democracia; y qué instituciones necesitamos para gobernarlas.

Las humanidades agregan preguntas aún más fundamentales. La filosofía, la historia, la literatura y las artes nos enseñan a interpretar y contextualizar, a comprender experiencias distintas de la propia y a interrogarnos sobre el sentido y los límites de aquello que hacemos. Cultivan el juicio, algo especialmente valioso en una época inundada de información generada tanto por seres humanos como por máquinas.

Durante mucho tiempo hemos hablado del pensamiento crítico como una competencia fundamental para el siglo XXI. La inteligencia artificial ha vuelto esa afirmación mucho más urgente. Cuando producir información y contenidos se vuelve cada vez más fácil, el recurso escaso deja de ser el acceso a la información. Lo escaso es la capacidad de formular buenas preguntas, distinguir entre evidencia y apariencia, evaluar argumentos, comprender contextos y pensar de manera autónoma.

Por eso resulta preocupante una concepción de la política científica que identifica demasiado rápido investigación estratégica con ciencia aplicada y desarrollo tecnológico. Las sociedades necesitan innovación tecnológica, pero también conocimiento riguroso acerca de sí mismas. De hecho, mientras más aceleradas sean las transformaciones tecnológicas, mayor será esa necesidad.

Muchos de los principales desafíos que enfrenta Chile no pueden resolverse mediante una innovación tecnológica; este es el caso de la desigualdad, la baja confianza en las instituciones, la calidad de la educación, las transformaciones del trabajo, las migraciones, el envejecimiento de la población, la convivencia democrática, la desinformación o nuestra dificultad para alcanzar acuerdos que permitan sostener políticas de largo plazo. Comprender estos fenómenos requiere investigación sistemática y, muchas veces, la colaboración entre distintas disciplinas. Las ciencias sociales y las humanidades producen conocimiento indispensable para comprender desde los cambios demográficos y culturales hasta nuestras instituciones, comportamientos y concepciones sobre el desarrollo.

Tampoco es correcto suponer que investigar seriamente en estas áreas requiere pocos recursos. La investigación contemporánea en ciencias sociales necesita producir datos originales, realizar estudios longitudinales y experimentos, desarrollar infraestructura computacional y reunir equipos interdisciplinarios capaces de sostener programas de investigación durante años. Las humanidades, por su parte, requieren preservar y estudiar archivos y colecciones, desarrollar corpus y repositorios digitales y abrir nuevas formas de acceso y de análisis de nuestro patrimonio cultural.

La distinción entre ciencias, ciencias sociales y humanidades resulta, además, cada vez menos adecuada para abordar los grandes problemas contemporáneos. El cambio climático no es solamente un problema de las ciencias naturales; exige comprender comportamientos, instituciones, incentivos y conflictos distributivos. La inteligencia artificial no es solamente un problema computacional, es también económico, educativo, jurídico, ético, cultural y político. Una solución técnicamente extraordinaria puede fracasar si no comprendemos a las personas y las sociedades en las que debe insertarse.

Una política científica adecuada a nuestro tiempo no debería, entonces, preguntarse qué disciplinas son más útiles y cuáles podemos permitirnos relegar. Debería preguntarse qué conocimientos necesita una sociedad para comprender y conducir las transformaciones que está viviendo.

El desarrollo de la inteligencia artificial nos ofrece una oportunidad extraordinaria. Aprovecharla requiere invertir en ciencia y tecnología. Pero requiere igualmente fortalecer nuestra capacidad para comprender sus consecuencias, discutir sus propósitos y construir instituciones capaces de orientar sus beneficios hacia el conjunto de la sociedad.

Mientras más poderosas sean las herramientas que construimos, más importante será nuestra capacidad de decidir para qué queremos usarlas. Y para eso necesitamos ciencia y tecnología. Pero necesitamos, más que nunca, ciencias sociales, artes y humanidades.

Alejandra Mizala Salces.
Rectora Universidad de Chile.

 

Fuente: El Pais.com


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